
Tuvimos un último encuentro hace dos días. Ella me aseguró que no pretendía nada con la visita. Solamente tenía preguntas.
Dijo que quería conocerme bien, pues al parecer, soy más complicado de lo que ella imaginaba.
Esa tarde no había nadie en su casa, y me recibió con ojos cansados. Subimos al segundo piso y entramos a su habitación. Me senté en el borde de su cama, y ella se sentó al otro extremo de la habitación.
No hablamos al principio. No me sentí en la libertad de hablar de cualquier cosa. De alguna manera, me sentía culpable, y estaba dispuesto a ser castigado por su silencio. Ella no me miraba. Sus ojos estaban clavados en el suelo. Pero de pronto, habló:
“Hazme un favor. Abre la ventana por favor” –dijo mientras sacaba un cenicero y colocaba un cigarrillo entre sus labios.
Sus ojos continuaron concentrados en el suelo. Aproveché el silencio para estudiarla. Mi mirada resbaló por sus ojos cansados, su nariz delicada y labios rojos. De pronto, sentí como si hubiera redescubierto su cuerpo. Su belleza. Fue como recordar algo que creí haber olvidado. Sus ojos color caramelo, su cuello y sus lunares. Sus brazos y sus pecas. Sus caderas y sus piernas. La vi bella, cansada y ajena. Y sé que esto no suena muy bien que digamos, pero me sentí bien. La vi lejos, y de lejos. Ella estaba fuera de mí.
Una eternidad después (cinco minutos, probablemente), ella levantó la mirada, y la clavó en mis ojos. Estrelló su cigarrillo sobre el cenicero y caminó hacia mí. Intentó empujarme, y se sentó a mi lado. La distancia le incomodaba.
Y luego, decidió hablar. Todo empezó con un simple: “Sabes?”
Esperaba ser juzgado o insultado, pero sólo me habló de sus últimas semanas. Sólo habló de sus días. De lo mucho que se aburrió y de lo mucho que había comido. Solo quería que le escuche. Pues si bien es cierto, nunca pude amarle, pero siempre le escuché con mucha atención.
Poco tiempo después, guardó silencio y me miró a los ojos. Sus ojos intentaron obligarme a decir algo que ella quería escuchar. Pero me limité a sonreírle.
“Serías su amigo?” –preguntó tímidamente.
“Amigo de quien?” –repliqué, intentando evadir la pregunta.
“De ella. De la chica que amas.” –continuó
Pero al ver sus ojos serios, supe que no me iba a salvar de esa pregunta. Sus ojos color caramelo estudiaron mis pupilas. Como si tratara de leer la respuesta en ellos.
“No.” –dije fríamente.
Y antes que ella pudiera preguntar algo más, expliqué mi respuesta. Fui sincero, y directo. No puedo ser amigo de alguien que amo. No es justo ni sano. Eventualmente sólo le haría daño. Y no creo que sobreviva al proceso.
Al terminar, la miré directo a los ojos, esperando a que ella continúe o de por terminada la conversación. Sin embargo, antes que pudiera hablar, ella me interrumpió.
“No quería escuchar eso. Pero tenía que escucharlo” –dijo mientras se ponía de pie.
Me tomó de las manos, y me llevó a la puerta de su casa. Luego, acarició mi cabello con su mano derecha. Y antes que pudiera reaccionar me besó. Sus labios buscaron los míos con timidez. Empezó siendo un beso amargo, pero fue dulce al terminar.
“Vuelve a ella.” –me dijo en voz baja, como si no quisiera ser escuchada.
“Con suerte” –respondí risueño
“No. Vuelve” –dijo mientras cerraba la puerta, dejándome fuera de su vida.
“Quiero que me abraces y me digas que me amas” me dijo en voz baja, con el rostro pegado a mi pecho. Con sus delicadas manos buscando la mías.
“Puedo abrazarte” respondí con lo ojos clavados en la nada. Estoy cansado de mentir.
La muchacha soltó una carcajada, y me besó en la barbilla. Sus ojos estaban rojos.
Últimamente, me he estado olvidado de muchas cosas. Direcciones, números, rostros, promesas, compromisos y estupideces. Sin embargo, no puedo olvidar que hoy es 6 de Agosto, y todo lo que implica.
Y la situación me está empezando a irritar.
Ahora, con respecto a la mujer que aún amo. Creo que debería volver a ella. Pero no sé como. Ese es el problema. Sobretodo si la simple idea de volver a ella no tiene sentido en mi cabeza.
Debería volver a ella. Todo en mí quiere volver a ella.
La bella muchacha me llevo a su habitación mientras se aferraba a mi mano. Algo andaba mal. Su piel suave parecía áspera, fría y temerosa.
Mis ojos la inspeccionaron de pies a cabeza, intentando descifrar el por qué de su miedo. Había firme y solemne decisión en cada uno de sus movimientos. Pero lo que había decidido, le pesaba.
La dulce muchacha ordenó que me sentara sobre su cama, con la espalda pegada a la pared. Luego, ella se sentó frente a mí, con su espalda pegada a mi pecho. Ordenó que le rodeara con mis brazos, y que guardara silencio.
“Cuando te conocí eras demasiadas cosas.” dijo la muchacha, mientras se cubría la mitad del rostro con mis manos. Intenté abrir la boca, pero preferí mantenerme callado.
“Ahora eres mucho más simple. Eres como una fuerza.” continuó, mientras acariciaba mis nudillos.
“Sabes? Tienes que amarme para que todo esto funcione.” Al decir esto, se paró y me miró fijamente a los ojos. Asumo que buscó algún tipo de reacción que no pude darle. Bajó la mirada y se sentó sobre el suelo. Mis ojos la miraban fijamente, y ella lo sabía.
“Te veo fuerte e inteligente. Pero no eres mío. Eres de alguien más. Y no quiero ser tuya, si tu no puedes ser mío.” Dijo la dulce muchacha, con voz dulce pero firme. Su voz resonó como un rugido en cada uno de mis huesos. Pero asumo que siempre estuve listo para ese momento. Supongo que siempre supe que esto pasaría. No estoy orgulloso de ello.
Por un momento quise mentirle y decirle que se había convertido en la mujer de mi vida. Quise morder fuerte, y decirle que ella era mi todo. Todas las palabras dulces, todos los nombres. Decirle que era mi amor, mi cielo, mi reina, mi todo. Pero mentirle era inútil. Todos los nombres, todas las definiciones de amor ya tienen una dueña.
Luego, me puse de pie y caminé hacia ella. La muchacha me tomó de las manos como lo hacía antes.
“Pero te amo, porque intentaste ser mío.” dijo mientras me llevaba a la puerta de su casa. Y antes de cruzar el umbral de su puerta, sus ojos color caramelo me tomaron por el cuello.
“Y te amo aún más, porque cuando fui tuya, me hiciste feliz. Aún cuando no puedes ser feliz del todo.” Luego de decir aquellas palabras, me beso los labios por última vez, y cerró la puerta.
Esa no debería ser manera de despedir a nadie.
Demasiadas cosas como para hacer una lista
La sensación de tener a alguien a quién volver. La paz de saber que tienes un hogar al cual volver…
Hace tres días me encontré nuevamente con la dulce María. Sus ojos luminosos me sonreían como siempre, y su belleza de mujer era cada vez más intoxicante.
Nuestra conversación fue cálida, casi como una caricia tímida y delicada. Yo la hacía reír, y ella me iluminaba el día con su belleza.
Ella no podía creer que yo estaba cerca de los 24 años. Ella aún me recordaba como el mocoso tímido que conoció diez años atrás.
Me dijo que me sentía distinto. Que me sentía dulce, pero algo intimidante. Que era frío y distante.
Su palabras me resultaron un tanto agrias al principio. Pero luego, logré sonreír con tranquilidad. Pues después de casi más de diez años, estoy logrando recuperar mi verdadera personalidad. No soy distante, soy selectivo. No soy frío, sino que presto atención con todos mis sentidos. Si amo, voy a amar con todo mi ser.
María me miró sonriente, y dijo:
“Eres libre.”
Nunca antes lo había notado, pero por fin había logrado liberarme de un dulce fantasma. Una carga que decidí interpretar como culpa. Una experiencia que decidí convertirla en penitencia.
“Creo que la chica esa que amas se enamoró del Andre que eres ahora. Creo que pudo ver pequeñas partículas de ese Andre.”
Después de esas palabras, la conversación se puso un tanto más dulce. De alguna manera, se sentía como una despedida.
Luego, María me hizo una pregunta que aún descansa gentilmente en la parte mas profunda de mis pensamientos.
“Todavía la amas?”
Tras una pausa, respondí algo que me sorprendió un poco.
“Sí. La amo.”
María sonrió como si estuviera satisfecha. Y con la mirada más risueña que puedas imaginar, me dijo:
“Eres un idiota… Pero creo que ésta vez no tiene nada de malo.”
En la primera noche fresca del verano, el sabor de la mujer que amé se intensificó. Fue una sensación agridulce.
Sin embargo, junto con la frialdad del viento, vinieron los recuerdos de la mujer perfecta que me amó pero no pude amar.
Recordé su respiración fuerte y caliente resbalando sobre mi cuello. Su cuerpo empapado en sudor, y sus ojos marrones mirándome fijamente. Recordé su corazón a punto de explotar, y sus manos temblando sobre mi rostro. Sus labios rojos diciendo: “Me encanta que me toques.”
Luego, esos mismos labios diciendo: “Por favor, bésame.” Nunca pude besarla por mucho tiempo. Nunca pude.

Ella es perfecta. Tan perfecta que me aterra. Se mueve como si la gravedad no supiera quién diablos es ella. Su cabello flota en lugar de caer. Todo en ella parece sacado de un suspiro.
Me conoce. Sabe de todas mis maldades, todos mis antojos y cada una de mis obsesiones. Se adelanta a mis movimientos, y sus sonrisas siempre me atrapan desprevenido. Besa mi cuello y luego mis mejillas. Acaricia mis cejas, y luego me toca los labios. Sabe callarme cuando estoy a punto de perder la paciencia. Siempre besa mis manos antes de que las convierta en puños.
Si pudiera amar a alguien, quiero amarla a ella.
Por ahora, no puedo.
Me dio un beso largo en la mejilla, y retrocedió un par de pasos.
No discutimos, ni levantamos la voz. Simplemente dejé de besarla; pero continué acariciándola. Ella se acercó a mis labios, y dejó pequeños besos en mi labio superior. Mis manos tocaban su cuerpo, dejando un manto de calor a su paso. Pero sus movimientos no eran libres, era recuerdos musculares. Eran movimientos mecánicos.
Ella besó mi nariz, y me tomó de las orejas, obligándome a verle directamente a los ojos.
Ella sonrió, y suspiró fuertemente.
Antes que pudiera abrir mi boca, se acerco a mí, y me besó. Fue un beso largo, con sabor a lagrimas.
No supe qué hacer, o qué decir. Ella estaba sentada sobre mí, con su cuerpo pegado al mío. No supe que hacer. Quise mentirle, y decirle que la amaba con todo mi corazón. Pero no pude.
Me abrazó fuertemente, y lloró en silencio. Sus manos buscaron las mías, y entrelazamos los dedos. Le di un beso en la mejilla, y quedamos en silencio.
Nos despedimos en silencio.

Me preguntó cuales eran mis canciones favoritas. Sonreí por un instante, y decidí responder con sinceridad.
Por supuesto que no entiendes. Espero que nunca entiendas.
Acarició mi barba con sus manos delgadas. Luego, viajó por mis orejas, llegando finalmente a mis manos. Levantó mi mano derecha con dificultad, y besó mis nudillos.
Tomó mi brazo derecho, y lo colocó sobre su cuello. Le gusta jugar con mis manos. Le divierte saber cuán grande soy comparado con ella.
-Tus manos son pesadas –dijo la dulce muchacha, sosteniendo mi mano con ambas manos.
-Ah, si? –pregunté, con la mirada perdida en el techo.
-Sí. Me gustan así. Las quiero así –dijo muy despacio.
En ese momento, decidí darme una oportunidad. Si pudiera amar nuevamente, quiero amarla a ella.
Si pudiera…

A pesar de que nuestro encuentro fue algo torpe, fue más que agradable. Nunca imaginé encontrarme con ella después de tanto tiempo, mi dulce María.
Su divorcio le había tratado muy bien, y estaba en paz después de mucho tiempo. Se le notaba tan relajada, tan paciente, más que hermosa que nunca.
Pasamos el día juntos, abrazados por una tensión sin nombre. Intentamos ponernos al día sobre todas las cosas que pasaron en los seis años que no la veía. Hablamos de viajes y trabajo, con miedo de tocar temas personales. Asumo que ambos temíamos hablar de lo mismo.
Caminamos por todos lados, con la esperanza de aburrirnos el uno del otro. De alguna manera queríamos posponer lo que sentíamos que vendría. Sin embargo, ninguno de los dos fuimos lo suficientemente inteligentes para evadir el tema por completo.
Después de una larga sesión de suspiros, decidí terminar la tensión con un simple:
“Sabes? Te invito un trago. Vamos”
Ella sonrió aliviada, y me tomó del brazo.
Le hablé sobre la mujer que amo. Sus ojos me siguieron en silencio, y respiró al ritmo de mi historia. No había llegado ni siquiera a la mitad de mi historia, cuando ella soltó un fuerte suspiro.
Las mujeres, son sabias. Creo, que soy libre.
No; soy libre.

La conversación empezó con un sutil: “Somos el mismo tipo monstruo”, y terminó con mi falta de delicadeza.
“Bien sabes que no puedo darte nada. Ni siquiera las gracias”

No sé si era el dolor en mis huesos, o mis ojos caídos, los que me empujaron al mar. Pero sé que necesitaba su esencia.
Mi manos parecen ser de piedra, y mi mirada es opaca. Mi rostro carece de expresión, y mis sonrisas perdieron naturalidad. Sin embargo, no negaré que por lo menos ahora duermo mejor que antes.
Mis puños son más duros, pero son más livianos. Estoy cansado, pero por lo menos mis ojos sólo miran hacia delante. No veo nada, pero sigue siendo adelante. Le perdí miedo a mi fuerza, y mi voz tiende a ser mas grave, más calmada.
Conversé con el mar, largo y tendido. Mis silencios fueron ahogados por los latidos lentos de mi corazón. Mi mirada solemne habló mas fuerte que mis propios pensamientos, y mis recuerdos me sirvieron de argumento.
Le conté al mar, que la extraño más que siempre. Su imagen está grabada en cada fibra de mi cuerpo. En cada músculo, incluso en mis huesos. El olor de sus labios me intoxica cada mañana, y el sabor de su piel me estrangula todas las noches.Le expliqué que sigo soñando con ella. La veo directo a los ojos, pero no puede hablarme, sólo llora con los labios cerrados.
Sí, la extraño. Más que siempre, pero quiero besarla por sobre todas las cosas. Mis labios siempre se comunicaron mejor con ella, dudo que necesite palabras.
Pero a pesar de todo, me extraño a mi mismo.
Regresé a casa en paz. Algo en mí estaba en paz. Creo que me encontraré por ahí, pero todo con calma.