
Demasiadas cosas como para hacer una lista
La sensación de tener a alguien a quién volver. La paz de saber que tienes un hogar al cual volver…
Hace tres días me encontré nuevamente con la dulce María. Sus ojos luminosos me sonreían como siempre, y su belleza de mujer era cada vez más intoxicante.
Nuestra conversación fue cálida, casi como una caricia tímida y delicada. Yo la hacía reír, y ella me iluminaba el día con su belleza.
Ella no podía creer que yo estaba cerca de los 24 años. Ella aún me recordaba como el mocoso tímido que conoció diez años atrás.
Me dijo que me sentía distinto. Que me sentía dulce, pero algo intimidante. Que era frío y distante.
Su palabras me resultaron un tanto agrias al principio. Pero luego, logré sonreír con tranquilidad. Pues después de casi más de diez años, estoy logrando recuperar mi verdadera personalidad. No soy distante, soy selectivo. No soy frío, sino que presto atención con todos mis sentidos. Si amo, voy a amar con todo mi ser.
María me miró sonriente, y dijo:
“Eres libre.”
Nunca antes lo había notado, pero por fin había logrado liberarme de un dulce fantasma. Una carga que decidí interpretar como culpa. Una experiencia que decidí convertirla en penitencia.
“Creo que la chica esa que amas se enamoró del Andre que eres ahora. Creo que pudo ver pequeñas partículas de ese Andre.”
Después de esas palabras, la conversación se puso un tanto más dulce. De alguna manera, se sentía como una despedida.
Luego, María me hizo una pregunta que aún descansa gentilmente en la parte mas profunda de mis pensamientos.
“Todavía la amas?”
Tras una pausa, respondí algo que me sorprendió un poco.
“Sí. La amo.”
María sonrió como si estuviera satisfecha. Y con la mirada más risueña que puedas imaginar, me dijo:
“Eres un idiota… Pero creo que ésta vez no tiene nada de malo.”
En la primera noche fresca del verano, el sabor de la mujer que amé se intensificó. Fue una sensación agridulce.
Sin embargo, junto con la frialdad del viento, vinieron los recuerdos de la mujer perfecta que me amó pero no pude amar.
Recordé su respiración fuerte y caliente resbalando sobre mi cuello. Su cuerpo empapado en sudor, y sus ojos marrones mirándome fijamente. Recordé su corazón a punto de explotar, y sus manos temblando sobre mi rostro. Sus labios rojos diciendo: “Me encanta que me toques.”
Luego, esos mismos labios diciendo: “Por favor, bésame.” Nunca pude besarla por mucho tiempo. Nunca pude.

Ella es perfecta. Tan perfecta que me aterra. Se mueve como si la gravedad no supiera quién diablos es ella. Su cabello flota en lugar de caer. Todo en ella parece sacado de un suspiro.
Me conoce. Sabe de todas mis maldades, todos mis antojos y cada una de mis obsesiones. Se adelanta a mis movimientos, y sus sonrisas siempre me atrapan desprevenido. Besa mi cuello y luego mis mejillas. Acaricia mis cejas, y luego me toca los labios. Sabe callarme cuando estoy a punto de perder la paciencia. Siempre besa mis manos antes de que las convierta en puños.
Si pudiera amar a alguien, quiero amarla a ella.
Por ahora, no puedo.
Me dio un beso largo en la mejilla, y retrocedió un par de pasos.
No discutimos, ni levantamos la voz. Simplemente dejé de besarla; pero continué acariciándola. Ella se acercó a mis labios, y dejó pequeños besos en mi labio superior. Mis manos tocaban su cuerpo, dejando un manto de calor a su paso. Pero sus movimientos no eran libres, era recuerdos musculares. Eran movimientos mecánicos.
Ella besó mi nariz, y me tomó de las orejas, obligándome a verle directamente a los ojos.
Ella sonrió, y suspiró fuertemente.
Antes que pudiera abrir mi boca, se acerco a mí, y me besó. Fue un beso largo, con sabor a lagrimas.
No supe qué hacer, o qué decir. Ella estaba sentada sobre mí, con su cuerpo pegado al mío. No supe que hacer. Quise mentirle, y decirle que la amaba con todo mi corazón. Pero no pude.
Me abrazó fuertemente, y lloró en silencio. Sus manos buscaron las mías, y entrelazamos los dedos. Le di un beso en la mejilla, y quedamos en silencio.
Nos despedimos en silencio.

Me preguntó cuales eran mis canciones favoritas. Sonreí por un instante, y decidí responder con sinceridad.
Por supuesto que no entiendes. Espero que nunca entiendas.
Acarició mi barba con sus manos delgadas. Luego, viajó por mis orejas, llegando finalmente a mis manos. Levantó mi mano derecha con dificultad, y besó mis nudillos.
Tomó mi brazo derecho, y lo colocó sobre su cuello. Le gusta jugar con mis manos. Le divierte saber cuán grande soy comparado con ella.
-Tus manos son pesadas –dijo la dulce muchacha, sosteniendo mi mano con ambas manos.
-Ah, si? –pregunté, con la mirada perdida en el techo.
-Sí. Me gustan así. Las quiero así –dijo muy despacio.
En ese momento, decidí darme una oportunidad. Si pudiera amar nuevamente, quiero amarla a ella.
Si pudiera…

A pesar de que nuestro encuentro fue algo torpe, fue más que agradable. Nunca imaginé encontrarme con ella después de tanto tiempo, mi dulce María.
Su divorcio le había tratado muy bien, y estaba en paz después de mucho tiempo. Se le notaba tan relajada, tan paciente, más que hermosa que nunca.
Pasamos el día juntos, abrazados por una tensión sin nombre. Intentamos ponernos al día sobre todas las cosas que pasaron en los seis años que no la veía. Hablamos de viajes y trabajo, con miedo de tocar temas personales. Asumo que ambos temíamos hablar de lo mismo.
Caminamos por todos lados, con la esperanza de aburrirnos el uno del otro. De alguna manera queríamos posponer lo que sentíamos que vendría. Sin embargo, ninguno de los dos fuimos lo suficientemente inteligentes para evadir el tema por completo.
Después de una larga sesión de suspiros, decidí terminar la tensión con un simple:
“Sabes? Te invito un trago. Vamos”
Ella sonrió aliviada, y me tomó del brazo.
Le hablé sobre la mujer que amo. Sus ojos me siguieron en silencio, y respiró al ritmo de mi historia. No había llegado ni siquiera a la mitad de mi historia, cuando ella soltó un fuerte suspiro.
Las mujeres, son sabias. Creo, que soy libre.
No; soy libre.

La conversación empezó con un sutil: “Somos el mismo tipo monstruo”, y terminó con mi falta de delicadeza.
“Bien sabes que no puedo darte nada. Ni siquiera las gracias”

No sé si era el dolor en mis huesos, o mis ojos caídos, los que me empujaron al mar. Pero sé que necesitaba su esencia.
Mi manos parecen ser de piedra, y mi mirada es opaca. Mi rostro carece de expresión, y mis sonrisas perdieron naturalidad. Sin embargo, no negaré que por lo menos ahora duermo mejor que antes.
Mis puños son más duros, pero son más livianos. Estoy cansado, pero por lo menos mis ojos sólo miran hacia delante. No veo nada, pero sigue siendo adelante. Le perdí miedo a mi fuerza, y mi voz tiende a ser mas grave, más calmada.
Conversé con el mar, largo y tendido. Mis silencios fueron ahogados por los latidos lentos de mi corazón. Mi mirada solemne habló mas fuerte que mis propios pensamientos, y mis recuerdos me sirvieron de argumento.
Le conté al mar, que la extraño más que siempre. Su imagen está grabada en cada fibra de mi cuerpo. En cada músculo, incluso en mis huesos. El olor de sus labios me intoxica cada mañana, y el sabor de su piel me estrangula todas las noches.Le expliqué que sigo soñando con ella. La veo directo a los ojos, pero no puede hablarme, sólo llora con los labios cerrados.
Sí, la extraño. Más que siempre, pero quiero besarla por sobre todas las cosas. Mis labios siempre se comunicaron mejor con ella, dudo que necesite palabras.
Pero a pesar de todo, me extraño a mi mismo.
Regresé a casa en paz. Algo en mí estaba en paz. Creo que me encontraré por ahí, pero todo con calma.
Me preguntaron si la extrañaba. Ni siquiera tuve que responder. Luego especificaron.
“La extrañas, por lo menos como amiga?”
Nunca he podido imaginarla como amiga. Ni siquiera en mis momentos más desesperados. Me enamoré de ella, desde el momento que la vi más allá de sus ojos.
La amo como un hombre ama a una mujer. Lo suficiente como para morir en el intento de ser su amigo. Lo suficiente para llevarme su alma en el intento.
“Qué le dirías si la pudieses ver una vez más?”
No tengo idea. No se si pueda hablar. Francamente, no soy elocuente; soy estúpido.
“Qué harías si la tuvieses en frente?”
En caso que sobreviva el paro cardiaco que sufriría, no lo sé. Nunca confié en mis impulsos (o instintos) cuando la tenía cerca. Probablemente mordería sus labios, arruinando el encuentro.
Como dije antes, soy un idiota.
Y pensar, que ella aun es mi garota de Ipanema…
A coisa mais linda que eu já vi passar.
- Por ahí me dicen que ahora vas por tu segundo nombre –dije sonriente, casi esperando que no me respondiera.
- Para serte sincera, nunca me ha gustado mi segundo nombre, pero ahora creo que me gusta. Por lo menos me sirve.
Yo simplemente sonreí, intentado terminar la conversación. Por alguna razón, no quería conversar del tema.
- Lucía me suena bastante común. Casi sin encanto. Pero siento que mi primer nombre no me va a servir de mucho ahora. –continuó, como si me retara.
- Bueno, con tal de que ahora estés más tranquila, todo bien. –respondí, desesperado por terminar el tema.
- Verás, Mariana aún está enamorada de ti, y no parece poder avanzar. No ha podido en buen tiempo. Lucía, bueno, por lo menos intentaré ser Lucía. Ella es algo nueva –dijo, con la mirada clavada en mis manos.
- Pero Mariana me agrada más. Es más sincera, por lo menos más calida. Creo que es ella la que tiene todos los talentos –agregó, descansando sus ojos y su sonrisa (forzada) en mi mirada.
No pude decir nada por unos segundos, pero tampoco pude quitarle los ojos de encima.
- Sabes? Me parece una excelente idea. Y para serte franco, te envidio. –le respondí
- Como así? –preguntó, como si no quisiera escuchar la respuesta
- Yo también estoy estúpidamente enamorado. Pero por desgracia, yo sólo tengo un nombre.
Al terminar mi respuesta, observé sus labios. Se distorsionaron, convirtiéndose en una sonrisa incómoda. Como si fueran un parche para detener un par de lagrimas de las cuales ya estaba cansada.
- Entonces, nunca has estado en una relación larga? Odias el compromiso, no? –dijo con una sonrisa en sus labios rojos. Sin embargo, sus ojos demandaban una respuesta sincera.
- No, no es eso. Es más, me encanta la idea del compromiso.
- Ah, eso no suena sincero, eh! –continuó entre risas, aún cuando sabía que decía la verdad.
- No es broma, no tengo ningún problema con el compromiso.
- Entonces? Qué pasa?
- Qué pasa? Supongo que nada
- Dime!
- No me enamoro tan fácilmente. A eso me refería con “nada”.
- Nunca te has enamorado? –preguntó, algo más interesada. Asumo que esperaba escuchar algo conveniente.
- Estoy enamorado.
- No entiendo.
- Ah. Ya somos dos.
- Estás enamorado, pero estás solo.
- Ajá.
- Sigo sin entender.
- Estoy enamorado. Perdidamente enamorado. Tal vez ese es el problema.
Con dedos duros como la piedra, y mirada ausente, ignoré los ojos que me asediaban.
Incluso en medio de la realidad; mi mente va a lugares donde no debe.